dimarts, 20 d’abril de 2010

Conductas eficaces para el liderazgo

Con frecuencia habréis observado lo diferente que resulta el lenguaje de los líderes masculinos de los femeninos, aún expresándose en el mismo idioma y sobre el mismo tema. Seguro que reconocéis las siguientes expresiones en boca de mujeres, cuando inician una intervención, independientemente del cargo político que ocupen: “Yo solamente quisiera explicar...”, “Creo que, en cierto modo,...”, “Realmente no sé qué decir”, ”Básicamente no creo...”, “Yo propondría...”, “No tengo mucho que agregar...”, “Permítanme sólo unos segundos para decir...”, “Seré breve...”. Y esto, en el mejor de los casos ya que a menudo lo que ocurre es que las mujeres asisten a debates en los que no participan y, si lo hacen y encuentran oposición a alguna de sus ideas, inmediatamente las retiran.
Este tipo de lenguaje, tan cauteloso por miedo a decir algo incorrectamente, unido a una expresión corporal de timidez, no genera confianza ni credibilidad en quien las escucha. Por el contrario, los hombres realizan afirmaciones con tanta seguridad que la proyectan al exterior y convencen de su veracidad. Un hombre en el uso de la palabra emplea ciertas expresiones que inducen a aceptar como un hecho lo que está diciendo, aún cuando en realidad no lo sea: “Definitivamente pienso que debemos actuar de esta manera...”, “Es obvio que...”, “Nadie podrá contradecirme si les digo que...”.
Estos ejemplos muestran que el lenguaje de las personas, además de estar condicionado por el medio social y cultural del hablante, lo está también por el género. Está claro que el uso del lenguaje provee bases de poder y de autoridad, control e influencias, y es uno de los factores que refuerzan la condición discriminada de las mujeres. Las mujeres no saben tratar con estos factores y a menudo prefieren callar a enfrentarse a determinadas situaciones que no controlan.
Efectivamente, a lo largo de la vida política, se presentan muchas situaciones que requieren una respuesta clara y precisa, sin vacilaciones. Las mujeres, poco acostumbradas a lidiar con relaciones de poder en posición de igualdad, con frecuencia no saben reaccionar a ellas de manera adecuada para sus intereses. Aprender técnicas asertivas es un medio para reforzar la confianza en una misma y resolver con éxito situaciones de discriminación en la vida política y personal.
Tipos de conducta más frecuentes
En algunos de los ejemplos expuestos veíamos cómo las mujeres se expresan de forma tímida y cautelosa, dispuestas a retirar lo dicho al menor contratiempo. Esa es básicamente una conducta pasiva. De hecho, algunos estudios han demostrado que hay diferencias de actitud y de lenguaje relacionadas con grupos ocupacionales. De este modo, las mujeres, debido a la división genérica en la sociedad, han desarrollado actitudes pasivas para asuntos técnicos, políticos o científicos, y los hombres con respecto a lo doméstico, artesanías y cuidado de la familia.
La conducta pasiva es aquella que pone los derechos de las otras personas por delante de los propios. Se acepta lo que el otro o la otra desea, relegando los propios deseos. Con esta conducta puede llegarse al extremo de permitir que los propios derechos sean violados.
No son unos resultados extraños si observamos la experiencia temprana a que están sometidos los niños y las niñas aún en la actualidad. A los varones se les muestra el ideal masculino que enfatiza la dureza, competencia y agresión, pero también iniciativa y acción. A las niñas se las imbuye en gran medida del ideal femenino que todavía incluye pasividad y sumisión, pero también sensibilidad, cuidado de los demás e intimidad. Los hombres y mujeres aprenden, por tanto, a comportarse de forma diferente desde la infancia. No hay más que mirar las tiendas de bebés para distinguir el azul de la ropa para varones y el rosa para las niñas, comenzando así el aprendizaje de los roles sexuales, que después seguirá en la escuela y más tarde en el trabajo.
Hay que ser consciente de que las mujeres contribuimos a la diferenciación sexual según la forma como eduquemos a nuestras hijas e hijos. Si realmente deseamos cambiar en alguna medida la sociedad y que nuestras hijas no asuman roles de pasividad en ámbitos importantes, debemos entrenar a los niños varones en tareas y sentimientos que tradicionalmente se han considerado de dominio femenino.
Algunas mujeres, como reacción a la educación recibida, desechan la pasividad y deciden comportarse de forma más enérgica, llegando incluso a copiar los modos agresivos de sus colegas varones. Muchas de ellas dicen que son unas “supervivientes”, que tanto en política como en el mundo laboral, la única forma de sobrevivir es adoptar los modelos masculinos, luchar y competir, si no quieren ser sometidas. Estas mujeres valoran mucho los puestos de poder a los que han llegado y no suelen mostrar la menor comprensión hacia otras mujeres que todavía están en el camino. Consideran que, igual que ellas lo han conseguido, y bastante que les ha costado, las demás también pueden hacerlo.
Son mujeres con fama de “duras”, implacables, a menudo temidas por su mano de hierro y que han dado lugar al estereotipo de que “peor una mujer que un hombre como jefe por encima”. Si llaman tanto la atención es precisamente por eso, porque son muy pocas y se apartan del comportamiento típico femenino, no porque en la sociedad no estemos cansadas de ver personas (entre ellas muchos hombres) con un nivel de agresividad e incluso crueldad superlativo.
La conducta agresiva es aquella que considera que los propios derechos son lo más importante, incluso a costa de los deseos de los demás. Deteriora las relaciones interpersonales y crea hostilidad a su alrededor.
Sin embargo, esta forma de actuar tampoco es la adecuada. Estas mujeres pagan muy caro el alejamiento de sus sentimientos más profundos, a menudo en forma de soledad y amargura. La conducta agresiva hace daño a los demás pero también a quien la practica, de modo que no es un buen modelo para la sociedad que deseamos.
La alternativa adecuada para las mujeres es aquella conducta que se coloca en el punto medio entre la pasiva y la agresiva. Un tipo de actitud que consigue las metas que se desean sin atacar a nadie, pero defendiendo las propias ideas y derechos: la conducta que llamamos asertiva.
La conducta asertiva es aquella en la que la mujer defiende sus propios derechos al tiempo que respeta los de los demás. Se coloca en el punto medio entre la actitud pasiva y la agresiva y es la que mejor funciona en la mayoría de los casos.
Las personas que practican la conducta asertiva son buenas líderes, adquieren confianza en sí mismas y son respetadas por las demás personas, puesto que su actuación siempre intenta ser coherente. Una persona asertiva:
• sabe escuchar
• domina la comunicación no verbal
• sabe expresar pensamientos y emociones de manera directa pero respetuosa
• puede decir que no a les peticiones de los/as otras
• vive con optimismo
Las tres conductas se comportan de forma diferente en cuanto al lenguaje que utilizan, los objetivos que se proponen y la expresión corporal que las acompaña. En la siguiente tabla quedan reflejadas estas diferencias:
Tabla 2: Comparación de conductas
Lo más importante es que los resultados de estas conductas son absolutamente diferentes. Adoptando una actitud pasiva las mujeres se sienten muy mal consigo mismas, si practican un comportamiento agresivo se ganan la enemistad de los demás y sólo si son capaces de mostrarse asertivas conservan el respeto hacia sí mismas y se ganan el de las demás personas.
Tabla 3: Resultados según conductas
Ensayar la conducta asertiva
Todas las situaciones difíciles que hemos estado analizando pueden ser neutralizadas y revertir en un aumento de la seguridad en las mujeres que las resuelven positivamente. Responder asertivamente suele ser el mejor método para lograr el éxito en situaciones conflictivas o que las mujeres viven como complicadas.
Sin embargo, muchas mujeres explican que les resulta muy difícil replicar adecuadamente en el momento en que ocurre la agresión o el ataque verbal. Dicen que se quedan sin habla y sólo mucho rato después, cuando no pueden dormir por culpa de la sensación que la situación les ha provocado, aciertan con las palabras que deberían haber dicho. Esto les provoca rabia y aún más insatisfacción. Pues bien, el único remedio frente a esto es la práctica. La conducta asertiva debe practicarse con situaciones ficticias o reales, cuando la mujer está a solas delante de un espejo o incluso con una amiga. Revivir la situación en que fue ridiculizada, o en que se sintió mal, y responder de acuerdo con la defensa de sus derechos y la expresión de sus sentimientos. Esta práctica también sirve para preparar situaciones que se sabe serán difíciles (pedir un aumento de sueldo a un jefe, confesar una decisión que se sabe no va a gustar al líder del partido, explicar una postura contraria a la mayoría) y da excelentes resultados puesto que cognitiva y emocionalmente la mujer está por fin dispuesta a afrontarla. Los pasos a seguir para llevar a cabo la práctica de la conducta asertiva son los siguientes:
1. Buscar una postura relajada y ensayar mentalmente o bien delante de un espejo, en voz alta. Hay mujeres que prefieren practicar la situación con una amiga.
2. Seguir el siguiente guión de actuación respecto a la situación que se desea solucionar:
a. Expresar lo que deseo. Se trata de buscar las palabras que mejor expresen lo que queremos obtener delante de la situación o problema.
b. Fijar el momento o lugar más oportuno para discutir el problema que nos afecta a nosotras y a las personas implicadas.
c. Describir la situación problemática que queremos cambiar de la forma más detallada posible.
d. Expresar lo que siento en la situación/problema en primera persona (yo) sin reprochar a los demás su posición o su actuación en la situación/problema.
e. Escribir el mensaje que queremos dar a la persona implicada en la situación/problema.
3. Ensayar la conducta asertiva en voz alta varias veces antes de llevarla a cabo.
4. Poner en práctica la conducta asertiva.
En conclusión, hemos visto cómo el comportamiento asertivo es aquel que nos ayuda a comunicar de manera clara y con confianza nuestras necesidades, deseos y sentimientos a otras personas, sin agredirlas ni abusar de ellas. Aunque es una conducta difícil para las mujeres porque no hemos sido educadas para llevarla a cabo, puede aprenderse con relativa facilidad si se siguen las técnicas que hemos descrito y se practica con perseverancia. Sus beneficios son muchos ya que permite atreverse a decir no, decidir lo que no se desea y ser capaz de expresarlo claramente y sin complejos (yo quiero, yo deseo...), no tener miedo a los riesgos, decir y recibir cumplidos con naturalidad, hacer y recibir críticas justas, separar los hechos de las opiniones, reconocer que los puntos de vista son diferentes y ser capaz de lidiar con esas diferencias. Permite, en definitiva, conciliarse con una misma y actuar con libertad en el ámbito privado y en el público, teniendo confianza en las propias posibilidades. Es, por tanto, la mejor aliada de las mujeres para lograr autoafirmarse y trabajar por el nuevo modelo de política y de sociedad que desean.

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