diumenge, 10 d’octubre de 2010

Obsesiones enfermizas Ignacio Moncada Presidente de la Alianza Europea de Disfunciones Sexuales


La semana pasada hablábamos de una enfermedad, el mal de Ondina, relacionada con el enamoramiento, pero hay muchas más. El síndrome de Clérambault también es muy sugestivo. Los que lo padecen experimentan un enamoramiento obsesivo, generalmente de alguien inaccesible y de rango social superior, con el convencimiento de que le corresponde secretamente, enviándole señales sutiles en cada acto aparentemente sin importancia.

Se dice que el primer caso científicamente estudiado fue el de una mujer francesa poco después de la Primera Guerra Mundial cuyo objeto de amor era el rey Jorge V. Dicha mujer había viajado a Inglaterra varias veces con la sola intención de esperar ante las verjas del palacio de Buckingham con la esperanza de ver al rey. Estaba convencida de que toda la sociedad londinense comentaba sus amores con el rey, que estaba muy afectado. La única certeza que tenía era que el rey la amaba. Ella lo quería a su vez, pero estaba amargamente resentida con él porque la rechazaba, pero no dejaba de darle esperanzas. Le enviaba señales que sólo ella sabía interpretar, dándole a entender que por muy inconveniente, por inadecuado que fuese, la amaba y siempre la querría. El psiquiatra que la trató definió su triste y agrio amor como un síndrome, dando su propio nombre a aquella pasión morbosa: de Clérambault.

Ian McEwan, el conocido escritor británico, uno de los ídolos de Carmen, escribió su propia versión de este síndrome en Amor perdurable (Enduring Love, 1997). En este caso es una historia entre dos hombres, uno de ellos convencido de que el otro está perdidamente enamorado de él. El protagonista acaba en un hospital psiquiátrico afectado de esta forma tan particular de esquizofrenia paranoide. Para que digan que la medicina no es fascinante. 

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