dissabte, 2 de gener de 2010

SEXO Y GÉNERO: CREENCIAS CULTURALES Y EXPECTATIVAS SOCIALES

Desde que nacemos, la atmósfera de relaciones y el trato que éstas ofrecen al nuevo miembro es diferente dependiendo del sexo. Este tratamiento diferencial para niños y niñas, parece basarse en un consenso cultural en torno a lo que es masculino y femenino: lo que implicaría que el proceso de aprendizaje del que todo hombre y mujer ha formado parte para poder participar activamente dentro de su contexto social ha estado marcado, al menos inicialmente, por aquellas actitudes, valores y comportamientos asociados a cada sexo, y que cada sociedad ha tratado de transmitir, de acuerdo con las expectativas acerca de la conducta femenina y masculina (roles de género), que no son otra cosa que los papeles sociales asignados a hombres y mujeres por su pertenencia a una u otra categoría sexual.
Si queremos conocer las causas de la violencia en el ámbito familiar, es necesario analizar la influencia de estos modelos sociales que inciden sobre la conducta y la caracterización de hombres y mujeres, y que no dejan de ser rasgos determinados socialmente, ya que aunque las características biológicas (sexo) constituyen las bases para la diferenciación de género, muchos de los rasgos vinculados a éste se encuentran determinados por los procesos de socialización que se producen en la familia, la escuela, los grupos de iguales y los medios de comunicación. De esta forma, los niños y niñas van aprendiendo a través de diferentes modelos las conductas que socialmente les son características, y que les enseñan cómo deben comportarse para llegar a ser “hombres” y “mujeres”.
Los roles resultantes, producto de las expectativas del ambiente y de la cultura, conforman la identidad del individuo. Los atributos asignados tradicionalmente al género masculino serían: la valentía, la fuerza, el liderazgo y el dominio; para las niñas: la pasividad, la dependencia y la sumisión. Todos ellos valores que pueden llegar a legitimar la violencia, dado que lo femenino ha sido desvalorizado y representado como inferior (Aumann y Iturralde, 2003)3, pudiendo ser objeto más fácil de agresión, ya que el hombre es asociado a lo fuerte y la mujer a lo débil.

Sin embargo, la pertenencia a uno u otro género es un factor más a tener en cuenta dentro de las reacciones violentas, pero no el único, ya que tal y como señala J. Corsi (2002)4, para comprender las reacciones violentas de una persona debemos tener en cuenta las situaciones y modelos con los que las personas se han desarrollado, los valores y actitudes de igualdad que les han sido transmitidos, la percepción de la violencia como un hecho cotidiano y la actitud general de la sociedad hacia el uso de la violencia.

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